Martillo de justicia

Por: Agustina Davis Komlos, académica de Derecho UNAB.

Durante décadas, una de las preguntas más repetidas del mundo del arte ha sido también una de las más innecesarias: ¿quién es Banksy? El misterioso artista británico, conocido por sus intervenciones urbanas cargadas de crítica social y política, ha construido una de las carreras más influyentes del arte contemporáneo manteniendo cuidadosamente oculta su identidad. Para Banksy, el anonimato no es un accidente, sino la construcción de una obra de arte sobre la desaparición del autor. Así, revelar su identidad, podría alterar completamente la interpretación de la obra.

Una reciente investigación periodística afirma haber identificado a la persona detrás del seudónimo, reactivando una curiosidad que lleva años en la palestra. Pero, más allá del nombre propio, la discusión que se abre es más interesante desde el punto de vista jurídico: ¿qué ocurre con una obra cuando su autor decide permanecer en el anonimato? ¿Puede el derecho de autor proteger una creación cuando no sabemos quién la hizo? Jurídicamente hablando, la respuesta es clara y contundente: si se puede.

El derecho de autor reconoce desde hace siglos la posibilidad de creación de obras anónimas o publicadas bajo seudónimo. La razón es simple, la protección no depende de que el público conozca la identidad del autor, sino de la existencia misma de una creación original. En otras palabras, lo que el derecho protege es la obra, no la celebridad de quien la firma.

Así, universalmente, el anonimato tiene una larga tradición en la historia cultural. Muchos textos políticos, literarios o satíricos se han publicado sin firma para evitar represalias o para que el mensaje tuviera mayor fuerza que la identidad de quien lo emitía. En el caso Banksy pareciera que la autoría es performativa y el misterio también es parte de la obra. Y por lo mismo, el caso lleva esta lógica al extremo en el contexto del arte contemporáneo. Sus intervenciones aparecen en muros de ciudades de todo el mundo, muchas veces sin aviso previo, y combinan humor, crítica política y comentario social. El anonimato no es simplemente una estrategia de marketing o un mecanismo de autoprotección frente a posibles sanciones legales por vandalismo urbano. También es, en cierto sentido, parte de la obra misma.

En muchos casos, el anonimato podría plantear desafíos prácticos desde el punto de vista de la protección de los derechos de autor ¿Quién puede autorizar la reproducción de las obras? ¿Quién decide si una imagen puede ser utilizada comercialmente? ¿Quién puede demandar por infracción a los derechos de autor?

En el ecosistema de Banksy, los desafíos mencionados fueron resueltos; existe una entidad que certifica la autenticidad de sus obras y gestiona ciertos aspectos de su explotación comercial. De esta manera, el sistema jurídico encuentra un punto intermedio: aunque la identidad del autor permanezca oculta para el público, existen estructuras que permiten ejercer los derechos asociados a la obra.

El fenómeno también revela algo más profundo sobre el funcionamiento del derecho de autor. El sistema jurídico necesita, tarde o temprano, que exista una persona o entidad que administre los derechos. Pero esa persona no necesariamente tiene que ser visible o identificable como el creador mismo.

El interés obsesivo por descubrir la identidad de Banksy dice mucho sobre nuestra cultura contemporánea. Vivimos en una época donde el valor de una obra parece inseparable de la biografía de quien la crea. Saber quién está detrás de una obra se ha vuelto casi tan importante como la obra misma.

Sin embargo, el éxito de Banksy sugiere algo distinto. Tal vez el misterio no sea un obstáculo para el arte, sino una forma de devolver el protagonismo a la obra.

Paradójicamente, el sistema de propiedad intelectual, a menudo criticado por su énfasis en la figura del autor, es perfectamente capaz de convivir con el anonimato. El derecho puede proteger una obra, aunque el creador decida desaparecer detrás de ella. Y quizá esa sea una de las lecciones más interesantes del caso Banksy: a veces, para que una obra hable con más fuerza, el autor necesita guardar silencio.